OPINIÓN | Presas y azudes: ¿conservar o demoler?
5 de Septiembre de 2026
Presa de Hijadilla / Cedida
Se ha generado un debate sobre el azud (sudd, en árabe clásico) de Hijadilla, en el río Salor, que se encuentra abandonado desde hace décadas y en ruinas. La Confederación Hidrográfica del Tajo (CHT) ha iniciado los trámites para la restauración fluvial del tramo afectado mediante su demolición, a la que se opone la Junta de Extremadura y la Federación Extremeña de Caza (Fedexcaza).
Sus razones: el embalse es un espacio de biodiversidad, y el agua que estanca el azud da de beber en época de sequía a especies de caza mayor y menor y al ganado de fincas cercanas.
El río Salor, que nace en las estribaciones de la sierra de Montánchez, es un ecosistema con una biodiversidad realmente valiosa en todo su recorrido, hasta desembocar en el embalse de Cedillo, siendo su último tramo ya de aguas embalsadas del río Tajo. Atraviesa parajes de gran valor ecológico, como pueden ser los Llanos de Cáceres, la sierra de San Pedro y el Tajo Internacional.
Es decir, por sí solo, el Salor es rico en biodiversidad, siendo muy discutible que la formación de un embalse por la construcción de una presa la aumente. Habría que analizar el ecosistema existente antes de interponer en el cauce del río el azud y después de ello.
Normalmente, la construcción de una presa y la consiguiente generación de un embalse hace perder calidad en la biodiversidad de flora y fauna: extensas superficies de terrenos son anegadas, desapareciendo bosques de galería, praderas, dehesas, bosque y matorral mediterráneos, roquedos, etc., perdiéndose áreas de alimentación y cría de muchas especies de vertebrados (aves, mamíferos, anfibios, reptiles y peces) e invertebrados. La mayoría de estas especies son incompatibles con aguas profundas y con las oscilaciones del nivel de las mismas, ocasionadas por su empleo en obtener energía eléctrica o como fuente de abastecimiento a regadíos y núcleos urbanos.
Un ejemplo: Monfragüe. Antes de construirse las presas de Alcántara y Saltos de Torrejón, hubo un prestigioso zoólogo español, el profesor Bernis, que tuvo el privilegio de conocer estas sierras con su vegetación de ribera intacta y menciona los extensos bosques de galería, las dehesas, las zonas boscosas, los riscos, etc. Nada que ver con el presente, aunque este sea también valioso a pesar de esta gravísima afección.
Es cierto que los embalses son necesarios para las actuales necesidades humanas, y ya lo fueron en la antigüedad: ahí están las presas romanas de Proserpina y Cornalbo, en Mérida. Pero la utilización del agua por los romanos nada tenía que ver con su utilización industrial actual.
Las presas son barreras infranqueables para muchas especies de peces, algunas de las cuales desaparecieron de sus hábitats naturales por esta causa, como la lamprea, la anguila y la amplia variedad de poblaciones de calandinos, bermejuelas, bogas, gobios y barbos de Extremadura, y la interrupción del fluir del agua ocasiona serios disturbios en el comportamiento de muchas especies, pues algo muy común en nuestros embalses es la eutrofización, es decir, la pérdida de calidad del agua, muchas veces incompatible con la vida de la fauna.
Pero volvemos a repetir que presas y embalses, en general, son necesarios, aunque su ubicación debe ser cuidadosamente estudiada y analizada, primando el interés de la población para el abastecimiento de agua y la conservación del patrimonio natural y cultural sobre los intereses industriales, como ha sido hasta hace pocos años.
Demoler las grandes presas no es una utopía, ni una misión imposible de realizar, y hay ejemplos de ello: Artikutza en Guipúzcoa, con casi 45 metros. de altura, o las gigantescas en el río Klamath (Estados Unidos) o las del río Sèlune en Francia: se han recuperado sus lechos, valles y deltas a gran velocidad.
Otra cuestión son las pequeñas presas y azudes, generalmente con fines de modestos riegos y fabricación de harina. Los hay de todo tipo y en toda suerte de ríos y arroyos, y en muchos casos, en mal estado y semiderruidos, pero que continúan siendo barreras infranqueables para muchas de nuestras especies de peces autóctonas, como el jarabugo, el barbo, la colmilleja o el calandino, verdaderas joyas de la fauna extremeña. Además, los azudes elevan la lámina de agua y aumentan el riesgo de inundaciones en los terrenos aledaños.
Analizando caso por caso, unos se podrían mantener, por su nulo impacto ambiental o por su valor cultural o histórico, pero permeabilizando el obstáculo mediante canales o rampas que salven el azud; pero en otros, lo más sensato y razonable sería demolerlos para recuperar la conectividad transversal y longitudinal de los cursos de agua, de los que hay cientos de ejemplos en España, contándose en nuestro país con amplísima experiencia en el campo de la restauración fluvial, con el apoyo de la ciencia y el derecho, que sirve de ejemplo a otros países.
En el caso del azud de Hijadilla, una vez analizado este caso concreto, FONDENEX opta por apoyar su demolición y recuperar las condiciones naturales del río Salor porque se trata de aguas y sedimentos contaminados y un foco de especies invasoras como el pez gato, que diezma nuestros peces autóctonos.
El verdadero “terrorismo ecológico” ha sido liberar en nuestros cursos de agua, y sobre todo en nuestros embalses, especies foráneas tan dañinas como el black-bass, el lucio o la gambusia. ¿Quién protesta por esto?